
Por Ana García (Presidenta de CECAPCI) Psicóloga, M.A. en Terapia familiar, Educación especial y Educación Inclusiva
Santo Domingo.- En los últimos años ha cobrado fuerza, en algunos sectores académicos, educativos y sociales, la postura que sostiene que el sistema educativo es quien debe adaptarse plenamente a las personas con discapacidad, y que jamás la persona con discapacidad debe adaptarse al sistema. Esta idea, nacida muchas veces desde una intención legítima de justicia social y defensa de derechos, corre el riesgo de convertirse en una visión incompleta, pasional y, en algunos casos, profundamente perjudicial para las propias personas con discapacidad.
Es incuestionable que los sistemas educativos deben estar preparados para atender a la diversidad. La educación inclusiva exige ajustes razonables, eliminación de barreras y condiciones que garanticen la participación plena y efectiva de las personas con discapacidad en el aula. Negar esta responsabilidad sería un retroceso histórico en materia de derechos humanos. Sin embargo, no es menos cierto que la inclusión real no puede sostenerse únicamente desde la adaptación del sistema, ignorando la preparación, la formación y la autoconciencia de la persona con discapacidad.
Autoconciencia no es exclusión
Hablar de autoconciencia no significa promover la autoexclusión, la resignación ni la autodiscriminación. Por el contrario, implica reconocer la propia realidad, identificar las limitaciones que en determinados contextos pone de manifiesto la discapacidad y, a partir de ahí, desarrollar estrategias para afrontarlas y superarlas.
La discapacidad no desaparece por discursos bien intencionados ni por decretos institucionales. Existe una realidad concreta con la que las personas deben aprender a convivir, no para limitarse, sino para empoderarse. Solo se vencen las barreras cuando se conocen. Y ese proceso debe comenzar desde la infancia, mediante una educación que enseñe a la persona con discapacidad a conocerse, a adaptarse, a proponer soluciones y a desenvolverse en un mundo que no siempre estará preparado para ella.
La experiencia como docente: una realidad que interpela
Hablar desde la experiencia transforma el discurso. Soy docente de posgrado en una universidad de reconocido prestigio. En este contexto, no es la universidad la que debe adaptarse completamente a mí, sino que soy yo, como profesional formada, quien ha debido prepararse, adecuar estrategias y responder a las exigencias académicas al mismo nivel que mis colegas sin discapacidad.
Sí, la universidad ha realizado los ajustes necesarios. Pero también es cierto que he sabido cumplir con las demandas del sistema y con las necesidades de mis estudiantes. Mi discapacidad visual no ha sido un obstáculo para ejercer mi rol docente con competencia, ética y calidad. Esto no es producto del azar ni de la buena voluntad del entorno, sino del trabajo previo, la formación especializada y la autoconciencia desarrollada desde etapas tempranas.
Con frecuencia, los medios de comunicación presentan historias como la mía bajo titulares llamativos, resaltando el hecho de que una persona con discapacidad “sí puede”. Sin embargo, pocas veces se profundiza en cómo se logra, qué procesos formativos existen detrás y qué herramientas hicieron posible ese desempeño. Y es precisamente ahí donde debería centrarse el mensaje social: no solo en el resultado, sino en el proceso.
No todos los sistemas estarán adaptados… y eso también es una realidad. El mundo no siempre estará preparado. No todos los espacios, instituciones o contextos contarán con adaptaciones previas, no necesariamente por falta de voluntad, sino porque no siempre ha existido la experiencia previa de una persona con discapacidad en ese entorno. Por ello, la persona con discapacidad debe estar preparada para responder, proponer y adaptarse cuando sea necesario, sin que esto signifique renunciar a sus derechos.
Durante mi etapa escolar, por ejemplo, cuando se requerían evaluaciones basadas en gráficos, proponía intercambiar esos contenidos por evaluaciones teóricas. No perdía yo, ni perdía el docente. Pero esa capacidad de diálogo, negociación y propuesta solo es posible cuando existe formación, seguridad y conocimiento de la propia discapacidad.
El grave error de la inclusión sin preparación
Uno de los riesgos más serios de una visión unilateral de la inclusión es la creación de lo que podría denominarse una falsa inclusión. Se inscribe al niño en el sistema regular sin que este esté preparado y sin que el niño reciba los apoyos especializados que necesita. El resultado es preocupante: retrasos en el desarrollo, promoción automática de grado en grado y, en muchos casos, analfabetismo funcional o profesional.
Esto se evidencia con frecuencia en personas con discapacidad visual que egresan del sistema educativo con serias dificultades de lectoescritura y ortografía, debido a que nunca recibieron enseñanza adecuada de Braille, orientación y movilidad, ni informática adaptada. Lo mismo ocurre con las personas sordas que no acceden a una formación sólida en lengua de señas, limitando gravemente su desarrollo académico y social.
El valor irremplazable de la educación especial y los centros de recursos
Pretender la desaparición de los centros de educación especial bajo el argumento de una inclusión total es desconocer la realidad. Estos centros, junto a los centros de recursos y las organizaciones especializadas, son y seguirán siendo indispensables. El sistema regular, por más esfuerzos que realice, no puede ofrecer una formación especializada permanente acorde a todas las discapacidades.
No todas las escuelas necesitarán intérpretes de lengua de señas, docentes de Braille u orientación y movilidad, porque no en todas habrá estudiantes con esas necesidades. Pretender lo contrario generaría estructuras ineficientes y profesionales subutilizados. La solución no es eliminar la educación especial, sino articularla con el sistema regular, garantizando una preparación sólida previa y un acompañamiento adecuado.
Concluyo diciendo que nunca restaré importancia a la responsabilidad que tiene el sistema educativo de adaptarse y generar condiciones de acceso, participación y aprendizaje para las personas con discapacidad. Sin embargo, sería un error ignorar que la inclusión real no puede sostenerse únicamente desde el sistema, sin trabajar de manera profunda la preparación, la formación y la autoconciencia de la propia persona con discapacidad.
Cuando se actúa solo desde la emoción o desde discursos bien intencionados, pero desconectados de la realidad, se corre el riesgo de crear una falsa inclusión que no responde a las verdaderas necesidades. Reconocer la discapacidad, identificar las limitaciones que se presentan en determinados contextos y aprender a afrontarlas no es retroceder, es fortalecerse.
La inclusión auténtica se construye desde la corresponsabilidad. El sistema debe adaptarse, sí, pero la persona con discapacidad también debe estar preparada para desenvolverse, proponer soluciones y responder a un mundo que no siempre estará adaptado. Solo así dejaremos de hablar de inclusión como un ideal y comenzaremos a vivirla como una realidad efectiva, digna y sostenible.
