¿Día del orgullo de la discapacidad? Prefiero hablar de dignidad y de derechos

Foto: fuente externa.
Por Ana García de Fernández.
Directora de CECAPCI
Psicóloga | M.A. en Terapia Familiar
Especialista en Educación Especial y Educación Inclusiva.

Hoy, 27 de julio, se conmemora lo que algunos denominan el Día del Orgullo de la Discapacidad. Y, con todo respeto, debo decirlo: bendito «orgullo de la discapacidad»… ¿orgullo de qué?

Sé que esta reflexión quizá no sea compartida por todos, pero considero que vale la pena hacerla desde el respeto, la lógica y la experiencia de quien ha vivido toda una vida con una discapacidad.

He dedicado gran parte de mi vida a defender los derechos de las personas con discapacidad. Nunca he empeñado mi dignidad ni la he hipotecado por conveniencia. Ese ha sido mi mayor orgullo y también mi mayor escudo. Nadie puede señalarme y decir que he vendido la causa de las personas con discapacidad por un cargo, un favor o un beneficio personal. La dignidad de mis compañeros no tiene precio y, precisamente por eso, cuando reclamo un derecho, lo hago con firmeza, con libertad y sin miedo.

Y hablo desde mi propia experiencia. Como mujer ciega, psicóloga, fundadora de un centro dedicado a la atención y defensa de las personas con discapacidad y activista de sus derechos, he aprendido que la verdadera lucha nunca ha sido sentir orgullo por una discapacidad. La verdadera lucha ha sido demostrar que una discapacidad jamás disminuye el valor, la capacidad ni la dignidad de un ser humano.

Pero precisamente porque amo esta causa, siento la responsabilidad de hacer una pregunta que pocas veces nos atrevemos a formular:

¿Tiene sentido hablar del orgullo de la discapacidad?

No confundamos las cosas.

Yo no me siento menos que nadie por ser ciega.

Nunca me he avergonzado de mi condición.

Jamás he permitido que mi discapacidad determine cuánto valgo como persona.

Pero una cosa muy distinta es afirmar que la discapacidad, en sí misma, es motivo de orgullo.

Porque existe una realidad que no podemos ignorar.

Nadie decide nacer con una discapacidad.

Nadie la elige.

Y seamos sinceros.

Si hoy existiera la posibilidad de recuperar completamente la visión, ¿cuántas personas ciegas la rechazarían?

Si una persona usuaria de silla de ruedas pudiera volver a caminar, ¿diría que no?

Si una persona sorda pudiera recuperar la audición, ¿preferiría seguir sin escuchar?

Hablemos con honestidad.

La inmensa mayoría elegiría recuperar esa función.

Y eso no significa que se rechacen a sí mismos.

No significa que sean menos valiosos.

Simplemente significa que la discapacidad sigue siendo una condición que nadie quiso tener.

Entonces, ¿por qué convertir la discapacidad en un motivo de orgullo?

Mi orgullo no es ser ciega.

Mi orgullo es haber estudiado cuando muchos dijeron que no podía.

Mi orgullo es ejercer la psicología con responsabilidad.

Mi orgullo es haber fundado un centro desde el cual miles de personas han encontrado apoyo, oportunidades y esperanza.

Mi orgullo es servir a otras personas.

Mi orgullo es haber vencido barreras que parecían imposibles.

Mi orgullo es demostrar que una discapacidad nunca puede limitar la grandeza de un ser humano.

Eso sí es motivo de orgullo.

La discapacidad, en cambio, es una condición con la que aprendí a vivir.

La acepto.

La enfrento.

La respeto.

Pero no necesito idealizarla para sentirme valiosa.

Creo que estamos enfocando mal el mensaje.

No necesitamos un día para sentir orgullo por una discapacidad.

Necesitamos seguir luchando para que ninguna persona sea discriminada por tenerla.

Necesitamos accesibilidad.

Necesitamos educación inclusiva de calidad.

Necesitamos oportunidades laborales.

Necesitamos transporte accesible.

Necesitamos salud.

Necesitamos igualdad de oportunidades.

Necesitamos respeto.

Por eso, si me preguntan qué día prefiero conmemorar, responderé siempre el 3 de diciembre, Día Internacional de las Personas con Discapacidad, porque esa fecha nos recuerda el verdadero propósito de nuestra lucha: la defensa de los derechos humanos, la igualdad de oportunidades y la eliminación de las barreras que todavía enfrentamos.

Porque ahí está el verdadero centro de nuestra causa.

No en sentir orgullo por una condición que nadie eligió.

Sino en defender con orgullo la dignidad, los derechos, la igualdad y las oportunidades de quienes vivimos con una discapacidad.

Yo no me siento orgullosa de ser ciega.

Me siento orgullosa de la mujer en la que me he convertido siendo ciega.

Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, lo cambia absolutamente todo.