
La rehabilitación no debe verse como un retroceso hacia modelos excluyentes, sino como un derecho humano orientado a devolver oportunidades, independencia y participación plena

Por Ana García
Directora de CECAPCI
Psicóloga | M.A. en Terapia Familiar
Especialista en Educación Especial y Educación Inclusiva
Santo Domingo.- En los últimos años, hablar de inclusión, derechos y participación de las personas con discapacidad se ha convertido en una necesidad social y educativa. Sin embargo, dentro de estos avances, existe una realidad que muchas veces se intenta simplificar o minimizar: no todas las discapacidades se viven de la misma manera, especialmente cuando se trata de una discapacidad adquirida.
No es igual nacer con una condición que adquirirla luego de haber construido toda una vida dependiendo de funciones que, de manera repentina, dejan de responder. Por esta razón, resulta indispensable comprender la importancia de los procesos de rehabilitación, el acompañamiento psicológico y el papel que aún conserva el modelo médico en determinados aspectos de la educación especial y la atención integral.
Durante muchos años, el modelo médico fue criticado por centrarse excesivamente en las limitaciones de la persona. Y, aunque ciertamente existen enfoques de ese modelo que han quedado desactualizados, también es importante reconocer que no todo puede descartarse completamente, especialmente cuando hablamos de rehabilitación funcional, adaptación emocional y reorganización cognitiva en personas con discapacidad adquirida.
La Organización Mundial de la Salud define la rehabilitación como “un conjunto de intervenciones diseñadas para optimizar el funcionamiento y reducir la discapacidad en individuos con condiciones de salud” (OMS, 2023). Esta definición deja claro que la rehabilitación no busca limitar a la persona, sino ayudarle a reconstruir autonomía, participación y calidad de vida.
Una persona que nace ciega desarrolla desde temprana edad formas distintas de percibir el mundo. Aprende naturalmente a utilizar otros sentidos como el tacto y el oído para orientarse, movilizarse y desenvolverse. La ausencia de visión no representa una pérdida de algo previamente conocido, porque nunca existió esa experiencia visual. Esto no significa que no enfrente barreras sociales, educativas o de accesibilidad, pero sí implica que su cerebro y sus procesos de aprendizaje se desarrollaron desde el inicio bajo otra estructura perceptiva.
Muy distinta es la realidad de una persona que pierde la visión luego de haber vivido dependiendo completamente de ella. Quien trabajaba, estudiaba, conducía, leía, escribía o realizaba actividades cotidianas utilizando la visión, de repente debe aprender una nueva manera de vivir. Debe acostumbrarse a utilizar habilidades sensoriales que antes no necesitaba desarrollar con tanta intensidad.
El cerebro humano está acostumbrado a responder a estímulos visuales constantes. Cuando la visión desaparece de manera abrupta, no es extraño que aparezcan desorientación, ansiedad, confusión e incluso alteraciones emocionales importantes. El neurocientífico Oliver Sacks (2010) explicó que el cerebro continúa intentando procesar información visual aun cuando el sistema visual ya no responde de manera funcional, generando en muchas ocasiones conflictos perceptivos y dificultades de adaptación.
Por esta razón, la rehabilitación visual no consiste únicamente en enseñar el uso del bastón o el sistema Braille. También implica un proceso profundo de reorganización cognitiva, emocional y funcional. La persona debe aprender nuevamente a interpretar sonidos, identificar espacios mediante el tacto, reconocer referencias auditivas y adaptarse psicológicamente a una realidad completamente distinta.
Bandura (1997), desde la teoría de la autoeficacia, sostiene que las personas necesitan reconstruir la confianza en sus propias capacidades luego de eventos traumáticos o cambios significativos en su vida. Precisamente por eso, el acompañamiento psicológico resulta tan importante dentro de los procesos de rehabilitación en discapacidad adquirida.
La misma realidad ocurre en personas que adquieren una discapacidad auditiva. Una persona que nació sorda desarrolla desde temprana edad mecanismos lingüísticos, visuales y comunicativos adaptados a su condición. Sin embargo, alguien que pierde la audición después de haber vivido escuchando enfrenta un fuerte impacto emocional y social. Debe acostumbrarse a nuevas formas de comunicación, aprender a interpretar el entorno visualmente y lidiar con sentimientos de aislamiento, frustración y ansiedad.
De igual manera sucede con una persona que adquiere una discapacidad físico-motora. No es fácil para alguien acostumbrado a caminar, movilizarse libremente y realizar todas sus actividades cotidianas, depender de una silla de ruedas o necesitar asistencia para funciones básicas. La pérdida de movilidad no solamente transforma el cuerpo; también modifica la percepción de independencia, autoestima y participación social.
Según Livneh y Antonak (2005), el proceso de adaptación psicológica a la discapacidad adquirida suele atravesar etapas similares al duelo: negación, ira, tristeza, ansiedad y posteriormente aceptación y reorganización. Esto demuestra que la rehabilitación no debe limitarse únicamente al aspecto físico, sino incluir atención emocional, psicológica y social.
Es precisamente aquí donde la educación especial, la rehabilitación y ciertos aportes del modelo médico continúan teniendo un papel fundamental. La inclusión educativa y social no puede sostenerse solamente desde discursos teóricos. Las personas con discapacidad adquirida necesitan apoyos reales, procesos terapéuticos, acompañamiento especializado y profesionales preparados para ayudarles a reconstruir habilidades y fortalecer su autonomía.
Autores como Mel Ainscow (2001) defienden que la inclusión implica transformar los sistemas educativos para responder a la diversidad. Sin embargo, también es necesario comprender que responder a la diversidad implica reconocer las necesidades específicas de cada persona y no negar los procesos especializados que algunas requieren.
La rehabilitación no debe verse como un retroceso hacia modelos excluyentes, sino como un derecho humano orientado a devolver oportunidades, independencia y participación plena. Negar la importancia de estos procesos sería desconocer el impacto emocional, cognitivo y funcional que puede representar adquirir una discapacidad de manera repentina.
La inclusión verdadera no consiste únicamente en abrir espacios, sino también en preparar, acompañar y ofrecer herramientas para que las personas puedan adaptarse y desarrollarse dentro de esos espacios. Y en el caso de la discapacidad adquirida, la rehabilitación continúa siendo uno de los pilares más importantes para lograrlo.
Referencias
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Ainscow, M. (2001). Desarrollo de escuelas inclusivas: Ideas, propuestas y experiencias para mejorar las instituciones escolares. Narcea.
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Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of control. Freeman.
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Sacks, O. (2010). The Mind’s Eye. Alfred A. Knopf.
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Livneh, H., & Antonak, R. (2005). Psychosocial adaptation to chronic illness and disability: A primer for counselors. Journal of Counseling & Development, 83(1), 12-20.
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World Health Organization. (2023). Rehabilitation. Geneva: WHO.
