Por Samantha Hernández

En la cima del podio, se erige el sabio,
predicador de moralidades, ¡oh qué escarnio!
Con palabras de oro, pero actos vacíos,
vende promesas como sueños perdidos.
Habla de justicia, pero olvida el deber,
mientras en su despacho se encuentra el poder.

En su boca, la ética brilla como el sol,
pero su cartera es un agujero sin control.
La gente lo aplaude, lo ve con devoción,
mientras él, con una sonrisa, engaña la nación.

Sus discursos son ecos, vacíos de acción,
y sus promesas, una eterna decepción.
Critica el desdén, la pobreza y el mal,pero no ve su propia casa, llena de cristal.
Se olvida de los pobres, de aquellos que caen, y entre lujos y banquetes, su alma se deshace. ¡Oh, gran líder de mentiras falsedad! Tu imagen es perfecta, pero tu esencia, nulidad.

En tu reino de sombras, el pueblo es un juego,mientras tú te elevas, despreciando el fuego. Así sigues, implacable, sin ver tu caída, haciendo de la política una mera herida. La crítica es tu condena, y el juicio, tu final, porque el tiempo revela todo, y tu verdad es banal.