La hora de la diplomacia económica y de la embajadora Leah Francis Campos

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Por el periodista Carlos Del Pozo

Con el cambio del algoritmo del comercio mundial, la ventaja ya no estará solo en producir barato, sino en demostrar que la competitividad se sustenta en cadenas de suministro trazables, transparentes y libres de trabajo forzoso.

La embajadora de Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Francis Campos, probablemente inicia el momento más trascendente de su misión diplomática.

No porque las relaciones entre ambos países atraviesen una crisis, sino porque Washington comenzó a redefinir las reglas del comercio internacional y esa transformación exige una cooperación más estrecha entre gobiernos, instituciones y sectores productivos para responder a estándares cada vez más rigurosos.
La política comercial impulsada por el presidente Donald Trump, refleja un cambio de paradigma.

Durante décadas la competitividad estuvo asociada principalmente al costo de producción, la eficiencia logística y la capacidad de abastecer los mercados.
Hoy ese modelo evoluciona hacia otro en donde el origen de los productos, la trazabilidad de las cadenas de suministro y el cumplimiento de estándares laborales se convierten en factores determinantes para acceder al mercado estadounidense.

En ese nuevo escenario, la labor de Leah Francis Campos adquiere un valor estratégico.

Su gestión puede fortalecer la coordinación institucional entre ambos países y facilitar el diálogo necesario para que República Dominicana, continúe consolidándose como un socio comercial confiable en una etapa en la que la transparencia comienza a tener tanto peso como la productividad.

La República Dominicana ha dado una señal importante en esa dirección.
Mediante el Decreto 502-26, el presidente Luis Abinader, facultó a la Dirección General de Aduanas para impedir la importación de mercancías producidas mediante trabajo forzoso, una decisión que trasciende el ámbito aduanero porque coloca al país en sintonía con una tendencia que marcará el comercio internacional durante los próximos años.

Sin embargo, el decreto no puede convertirse en la meta, debe ser el punto de partida de una política nacional de trazabilidad.

No se trata únicamente de responder a una disposición de Estados Unidos.
Se trata de comprender que la confianza se ha convertido en un activo económico y que las naciones capaces de demostrar la integridad de sus cadenas de suministro estarán mejor posicionadas para atraer inversiones, fortalecer sus exportaciones y acceder a mercados cada vez más exigentes.

La oportunidad es especialmente relevante para nuestro país, si se sabe leer estratégicamente el momento.

Porque China es el segundo mayor proveedor de la República Dominicana, con importaciones por US$5,373.1 millones, equivalentes al 18 % del total nacional.
Sin embargo, parte de sus cadenas de suministro permanece bajo el escrutinio de Estados Unidos por posibles casos de trabajo forzoso.

Ante esta nueva coyuntura, la pregunta es inevitable: ¿Qué le resulta más barato al país, pagar un arancel del 12.5 % o reducir su dependencia de las importaciones provenientes de China?

Esa realidad obliga a fortalecer los mecanismos de verificación, sin afectar la apertura comercial que ha caracterizado al país.

La nueva competencia ya no dependerá exclusivamente de quién produzca más rápido o más barato. Dependerá, sobre todo, de quién pueda demostrar que su crecimiento económico descansa sobre cadenas de suministro legítimas, transparentes y verificables.

Ese contexto convierte a la representación diplomática estadounidense en un actor de especial relevancia para acompañar el fortalecimiento de la relación bilateral.

La diplomacia económica deja de limitarse a promover inversiones o facilitar acuerdos; ahora también debe contribuir a generar confianza entre gobiernos y sectores productivos en torno a las nuevas reglas del comercio internacional.

La hora de Leah Francis Campos, coincide así, con una oportunidad para profundizar una relación histórica entre dos países que comparten fuertes vínculos económicos.

Si esa colaboración logra consolidarse sobre principios de transparencia, seguridad jurídica y confianza mutua, la República Dominicana no solo preservará su posición dentro del mercado estadounidense, sino que estará mejor preparada para competir en un comercio internacional donde la credibilidad comienza a convertirse en la ventaja más valiosa.